Las noches de luna llena el océano se rebela y se revelan los espíritus legendarios, con las aguas. Los abuelos relatan que, en un punto inhóspito de nuestro litoral, muy lejos de cualquier puerto, cada vez que el satélite de la tierra muestra su faz completa, emerge muy cerca de la playa un brazo izquierdo, al parecer humano.
En vez de surgir como la extremidad de un cadáver insepulto, el brazo misterioso se asemeja al de un hombre escondido en las arenas, cual si durmiera esperando a que lo desentierren. Este brazo es largo y musculoso y la mano que concluye aquel cuerpo fantástico, muestra unos dedos gruesos, desprovistos de anillos, con unas falanges callosas y cinco uñas mugrientas. Los pescadores que se han acercado, provistos de lumbre, aseguran que a unos metros de distancia, la espeluznante aparición se halla surcada de poderosas venas a través de las cuales fluye una sangre espesa.
-¡El negro Cahuich!- Gritan y luego huyen despavoridos.
En efecto, todos los testimonios concuerdan en que la mano fantasmal pertenece a la de un africano y, entre sueños, los que la han visto, la recuerdan extendida e inmóvil, como una escultura de ébano, en un desierto en el cual la marea espolvorea una espuma plateada y burbujeante.
De lo que he recopilado, he sacado en claro que el negro Cahuich fue un esclavo fornido al que llevaban de África a las Antillas, en un bajel que encalló en el arrecife de Los Alacranes. Después de estrangular a sus captores, los prisioneros llegaron a nado, sobre los tablones del naufragio, al surgidero de Santa María de Sisal.
Los buenos españoles y criollos del cercano poblado de Hunucmá, al ver recalar esta marea negra, festejaron el ahogamiento de los ingleses, pagaron una misa de Te Deum y pasearon en procesión a la virgen de Tetiz, por todo el partido del Camino Real. Después de estas celebraciones, los blancos bautizaron y apadrinaron a los negros y, a cambio, estos ahijados terminaron trabajando en los ranchos de los ricos para solventar, con sus fuerzas, el costo de tanta ceremonia religiosa.
El negro Cahuich trabajó primero como vaquero y, más tarde, gracias al poder de su cuerpo, sus espaldas gigantescas y sus piernas macizas, sirvió de cargador de mercancías y de españoles que cruzaban la ciénaga de Sisal. Entre estos fardos, se introducía mucho contrabando, así que nuestro personaje se familiarizó con los caminos secretos que surcaban los montes y se hizo amigo de una pandilla de ladrones, bebedores consuetudinarios y, se cree, de matones.
Un día, irrumpieron los piratas en Yucatán e hicieron sus tropelías por toda la zona de Sisal, Celestún, Kinchil y Tetiz. Como langostas, estos asesinos despiadados caían de improvisto en los pueblos, robaban los cálices de las iglesias, las joyas de los santos y los hímenes de las vírgenes. Parecía que estos bandidos conocían a la perfección los senderos que conectaban a los pueblos y, esto se debió, a que el negro Cahuich se había vuelto su guía. Seguro le prometieron su libertad, regresarlo al África y compartir con él parte del botín.
Una noche, cuando se disponían a rembarcarse, los cofres del tesoro pesaban tanto, que se decidió enterrar aquellos que contenían las piezas y gemas más sólidas. Se dispuso que el negro Cahuich cavara el foso y, cuando hubo terminado, se le asesinó y enterró para que nunca revelara el escondite de este botín. Cumplido este ritual que premió la traición del malvado Cahuich, la ambición se apoderó de sus verdugos y, de pronto, los piratas decidieron marchar hacia Mérida e incendiar esta capital provincial.
Este paso provocó la perdición de estos hombres, los cuales, desprovistos de su guía, cayeron derrotados antes de cumplir su objetivo. Expiaron sus culpas, después de ser juzgados por el Santo Oficio, al ser ahorcados en la plaza del barrio de Santiago.
A partir de esta ejecución, el brazo del negro Cahuich aparece cada luna llena en el sitio donde se enteró el más valioso tesoro que jamás se vio en Yucatán. Cuentan que aquel que se aproxime al brazo misterioso y lo desentierre será dueño del oro y las joyas, pero otros afirman que el osado que caiga en la tentación y se ponga al alcance del negro, será estrangulado por este fantasma y arrastrado a las profundidades del infierno.
Como epílogo, conviene anotar que hace muchos años, un pescador volvía a Sisal cuando bajo las olas, vio danzar el brillo de una fogata, acercó entonces su canoa hacia el extraño fenómeno y de pronto un cuerpo siniestro, en lo profundo, se apoderó de la soga que fijaba su embarcación, al fondo.
-¿Quién eres? ¿Qué quieres?
Nada le respondió el negro Cahuich y, aterrorizado, el hombre cortó el anclaje y huyó. Enajenado de sus facultades mentales, muchos años “cax loco” vagó por el puerto, sin que nadie se atreviera a preguntarle por el paradero que aquella llamarada submarina.

3 comentarios:
Sus escritos parecen fotografías democratizando la belleza y la verdad de su tierra , el natural modo de narrar a veces tan poético me agradan, me obligan a visitarlo aunque a veces no pueda comentarle.
Describen ustedes momentos y escenas vivas aun a pesar de que alginas ya no pertenecen a este tiempo. Me considero privilegiada al poder leer las publicaciones de esta Red maravillosa y una sin remedio osada emitiendo mis opiniones.-Saludos desde Cuba
Muchas gracias por sus comentarios.
Saludos desde Mérida.
Muchos saludos Ava María y más gracias por sus comentarios... cuando despiertan en mi deseos de narrar una historia, pienso primero en la imagen que hará del relato una fotografía y por eso tal vez me paso de poético. Un abrazo hasta la querida Cuba. Emiliano Canto
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